martes, 27 de diciembre de 2011

Ahora me he dado cuenta de lo valioso que es el tiempo

Antes, hacía las cosas sin ni si quiera mirar un reloj, con la esperanza de que pudiera llegar a hacerlo antes de que las agujas pasasen una hora concreta. Y así era. Siempre conseguía hacer cualquier cosa en el período de tiempo que me imponía.
Pero ¿y ahora? Ahora siempre me dejo un margen de tiempo que sobre después de hacer cualquier cosa, por si surge algún imprevisto, pero lo extraño es que incluso ese margen me sabe a poco. Es más, ya ni existe ese margen. Por lo que no queda tiempo por si surge algo inesperado, ¡con todas las cosas inesperadas que últimamente pasan por mi vida! Entre ellas la tristeza.
En nuestra época, no hay tiempo para el duelo. El trabajo siempre ha puesto fecha a la aflicción. El tiempo es el que te marca cuándo y a qué intensidad debes estar triste, cuántas lágrimas debes llorar, que serán las justas para que no perturben tus asuntos profesionales. Lo peor es que lo que sí perturba es tu alma. Pero no pasa nada. Tú puedes. ¿Quién dijo que no se podía laborar con el alma partida?
Tú puedes,
o eso creías.
Porque ya ni puedes dedicarte tiempo a ti misma, y has pasado a ser un personaje secundario en tu propia vida.

Tiempo, ¡tiempo! Ven, por favor, te necesito. Necesito un respiro, necesito un suspiro, porque no puedo respirar.

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