Hoy en día vivimos como locos. Corremos, gritamos, saltamos, esquivamos, nos desesperamos... y la mayoría de las veces sin ni si quiera tener constancia de lo que estamos haciendo en ese momento. Esta época, este mundo, se ha convertido en un continuo movimiento del que no podemos salir. Cuando no estamos haciendo una cosa, estamos haciendo otra, y, en la mayoría de los casos, nos olvidamos de lo que realmente importa: ser feliz.
Cuando no tienes tiempo ni para respirar, tampoco lo tienes para llorar. No puedes permitirte el "lujo" de estar triste. Y esto a simple vista, y muy de lejos, parece ser bueno, porque ¡no lloras! Lo cual ya es un logro más en esta sociedad actual. Pero eso destroza tu interior aún más, porque durante ese tiempo debes mantener tu cabeza bien alto, apartando de tu mente cualquier pensamiento negativo para que no perturbe tus asuntos profesionales. El problema es que lo que sí perturba es tu alma, porque al no poder expresar tus sentimientos de desánimo, al no tener tiempo para hacerlo -y probablemente eso aumente más tu tristeza-, llega un momento en el que toda esa tristeza tiene que fluir de algún sitio, y normalmente fluirá en forma de lágrimas, acompañadas de un dolor muy agudo en lo más profundo de tu corazón. Y lo peor es que no son dos o tres lágrimas, sino que son todas las que has estado acumulando durante todo este tiempo, tantas que hasta podrías llenar un pequeño bote de cristal, y ponerlo en aquella estantería vieja junto con los otros. Y eso no puede ser bueno.
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