"Al entrar, ella y yo nos damos la mano, y, al dárnosla, me hechiza. Todo mi ser se muda. Penetra hasta mi corazón un fuego devorante y ya no pienso más que en ella. Tal vez soy yo mismo quien provoca las miradas si tardan en llegar.
La miro con insano ahínco, por un estímulo irresistible y a cada instante creo descubrir en ella nuevas perfecciones: los hoyuelos de sus mejillas cuando sonríe, la blancura sonrosada de su tez, la forma recta de su nariz, la pequeñez de su oreja, la suavidad de sus contornos, y su admirable modelado de la garganta.
[...] Caigo en el poder de su encanto; veo claramente que estoy dominado por una maga cuya fascinación es ineluctable. [...]
Exictado de esta suerte, no sé cómo juego al tresillo, ni hablo, ni discurro con juicio, porque estoy todo en ella.
Cada vez que se encuentran nuestras miradas, se lanzan en ellas almas, y en los rays que se curzan se me figura que se unen y se compenetran. Allí se descubren mil inefables misterios de amor; allí se comunican sentimientos que por otro medio llegarían a saberse".
Juan Valera, Pepita Jiménez
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